lunes, 3 de noviembre de 2014
viernes, 31 de octubre de 2014
Las gachas de los Santos: In ictu oculi
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| In ictu oculi. Juan de Valdés Leal (1622 – 1690) |
Andanzas
y Pitanzas del Maestre Prior de la Orden de la Cuchara de Palo
Hay quien ha dicho, con cierto sentido burlón, que la
vida es una aventura de la que nadie sale vivo, asociando el hecho de irse
al "otro barrio" con la única circunstancia vital que no tiene
remedio, morirse. Tal vez sea por ello por lo que, sabiendo de antemano el
desdichado final de tal aventura, tratemos de dilatarla en el tiempo todo lo
que sea menester y hacerla lo más llevadera posible, pues por mucho valle de
lágrimas que aquí tengamos son muy pocos los que quieren irse, que de todos es
sabido que como la casa de uno no hay ná.
Decía Paco "el roso", así apodado por
llamarse Rosa su madre, viejo filósofo del terruño, de esos que saben echar las
cabañuelas y cubicar desde lejos la cosecha de aceitunas por el color del
olivar, decía, repito, de forma tajante y definitiva, que de esta vida
sacarás panza llena y nada más, y había veces que el adagio lo picardeaba
aseverando que de esta vida sacarás lo que metas y nada más. Y debe
llevar razón cuando, curiosamente, el primer refrán que sentencia Sancho Panza
en El Quijote (capítulo XIX), en una aventura que recuerda el traslado
de los restos de San Juan de la Cruz desde Úbeda a Segovia, es aquel que en
boca del buen escudero suena así:"...y, como dicen, váyase el muerto a
la sepultura y el vivo a la hogaza".
Llegando el primer día del mes de noviembre, es
tradicional que nos acordemos de todos los que se nos fueron para siempre, pero
sin perder de ojo la hogaza. En prácticamente todas las villas y ciudades del
Reino de Jaén han existido las antiguas Hermandades de las Animas, cuyo
cometido no era otro que recaudar fondos para sufragar las misas y los rezos
que hicieran posible que las almas en pena encontraran la paz eterna. La
noche de tránsito desde el día de Todos los Santos (1 de noviembre)
hasta el día de Todos los Difuntos (2 de noviembre) es el tiempo
propicio para que los vivos se enteren del descontento de sus muertos, pues no
es menos cierto que muchas de las hogazas que se comen algunos vivos se han
amasado con los sudores de algunos de sus muertos, y a veces contra su
voluntad. Plantearse eso de noche, mediado el otoño, cuando las mariposas de
luz, ancestrales luminarias, nadan en el tazón sobre el aceite dibujando
tenebrosas sombras, siempre suscita algún que otro remordimiento, cuando no
mucho canguelo, pues si bien es cierto que nadie ha vuelto del otro sitio,
cualquier día puede ser el primero, como bien decía la tía Jesusona como
purga de su alma y general susto de los niños que la oíamos.
En pueblos de Jaén, como Baños de Encina y Guarromán, es
tradicional que para esas fechas los hombres abandonen la localidad pasando la Noche
de los Santos en el campo, junto a un fuego, en un chozo de la sierra, o en
alguna pequeña cortijada. Según me contaron, durante una noche que también
"fuí de Santos", tal circunstancia es debida al hecho de que
desde siempre y durante esos días las campanas de la iglesia no paraban de tocar
a muerto, lo que creaba el normal desasosiego y la consabida congoja de
ánimo. El mejor remedio, empinarse un medio (medida tabernaria
para el medio litro de vino que se expendía en las clásicas botellas labradas
de anís), lejos de tan lúgubre sonido, con alguna que otra engañifa de
cerdo. Mientras tantos las mujeres acudían a las misas pertinentes, preparaban
gachas dulces de harina con tostones de pan, y miel o leche caliente según el
gusto del lugar. Los niños, como broma, les echaban trozos de corcho que los
más viejos confundían con el pan frito, y con la masa sobrante tapaban los ojos
de las cerraduras de todas las puertas y candados de la casa, para que ninguna alma
en pena, errabunda en la eternidad, pudiera entrar en ella.
(@suarezgallego)
domingo, 9 de marzo de 2014
Gastromanía
Mucho me
temo que Stanley Kübrick, cuando pasó a treinta y cinco milímetros la epístola sideral de A.C. Clarke, "2001. Una Odisea del Espacio", no se
planteó que el hombre antes de ser un vulgar engullidor
de hamburguesas en Nueva York --su ciudad natal, por cierto--, ya mojaba pan en
aceite, de oliva se entiende, y le escudriñaba los secretos al vino frente al
Mediterráneo intentando adivinar la geometría de la inmensidad del horizonte.
Que, oye tú, aquí hay
materia como para realizar una tesis "aptocumlaude"
para cuando estas cosas interesen a la Universidad, que será, si no lo
evitamos, para cuando dejen de interesamos a los que cada sábado,
irremediablemente, le damos un sabaneo sabatino a la tarjeta de crédito
comprando en los "hipercentroscomerciales" todo aquello con lo que llenar la
andorga el resto de la semana.
El hecho es, qué quieres que
te diga, que si Stanley Kübrick --el de "Lolita"
y la "Naranja Mecánica"--,
imaginó que nuestro hermanastro el mono ascendió a la división de "homo
sapiens" lanzando un hueso a los aires a los sones de "Así habló Zaratustra",
convirtiéndolo por arte de birlibirloque en una nave espacial, con ordenador librepensante y homicida incorporado, es porque no
conoció, ni gozó, las excelencias de una sociedad gastronómica de las que pisan
nuestro suelo patrio, y cuando digo suelo patrio me pongo el lazo azul de los
que pensamos que los garbanzos no cuecen antes a
punta de pistola, por mucho que se empeñen algunos en hacer bombas de nuestras
ollas, dicho sea con ánimo de ofender a quienes no les gusta otro potaje que el
que cocinan en el fogón fratricida de su egoísmo totalitario
y demencial.
Pretendo decir que Stanley
Kübrick, si hubiera tenido la suerte de pertenecer a una sociedad gastronómica,
de esas que hacen del vino de Bailén, el paté de
perdiz de La Carolina y los pasteles de Guarromán,
por poner un ejemplo de la rica cocina de Jaén --a fin de cuentas nos quitarán
los trenes, nos escamotearan los presupuestos
nacionales, pero acabaremos haciendo la revolución sempiternamente
pendiente de Jaén por Jaén a fuerza de cacerolas y cucharas, aunque sean de
palo. Pretendo decir, repito, que si a Stanley Kübrick le hubiera ido esto del
comer bien, tertulia incorporada --a pesar de todo también nos queda la
palabra--, la escena del mono tirando el hueso a
los cielos, la hubiera cambiado por el mono voluntarioso haciendo rodar una
mesa cuesta abajo. El hombre, descubierta la forma de hacer el fuego, inventó
la cocina, con ella vino la mesa redonda, y puestos todos alrededor nació la
tertulia. Echada la mesa a rodar, ¡vete a saber por qué dimes y diretes, que
siempre han habido, por los visto, "madridistas" y "barcelonistas"!,
nació la rueda, y con ella todo lo que para bien o para mal hoy llamamos
civilización occidental.
Es decir, que lo que
consideramos ahora como las entretelas culturales de la aldea global, bien pudiera haber nacido del delirio de sobremesa de
unos cuantos monos, con vocación de humanos, que no llegaron a ponerse de acuerdo sobre si el mar hubiese de nacer
niño o niña, y sobre todo quien apechugaría con los gastos de tal bautizo. Tal
vez sea por ello por lo que cada vez que hay una crisis de valores, y los
telediarios nos dan buena cuentan de las salvajadas que es capaz de hacer el
hombre con sus semejantes, el "homo sapiens" echa mano de la comida,
del comer bien, por aquello de que las penas, aunque sean ancestrales, con pan
son menos. Y te puedo asegurar que han habido días, frente al televisor, que
las imágenes de la vergonzante condición humana me han dado dos vuelcos en la
garganta y he sido incapaz de comer, ni tan siquiera mi propia rabia.
Nunca como en las épocas de
crisis, sobre todo si son éticas, prolifera el gusto por el buen comer. El
sibaritismo más refinado. La "gastromanía" como sublimación del
hombre que añora el mono que fue anteayer mismo, como quien dice, cuando echada
una mesa a rodar se convirtió en la rueda que mueve nuestro ir y venir por los
tiempos y las culturas.
Proliferan en los medios de
comunicación las secciones sobre cocina. Bien sea en fascículos, en televisión,
en vídeos o en enciclopedias del comer, se nos cuela en casa el "rico rico" del mensaje arguiñaniano. Se habla
de este o aquel lugar como "santuario de la buena
cocina". Algunos cocineros de toda la vida pretenden doctorarse en
cursilería haciéndose llamar "restauradores", tal vez por aquello del
"caldico que da la vida", y
vendernos otra vez la historia de la nueva cocina: "poco en el plato y mucho
en la factura".
En fin, una señal inequívoca
de que vivimos tiempos de crisis éticosociales y recurrimos a los manteles y
las perolas como la última oportunidad de acudir a la catarsis purificadora a
través del lujo que renace de las cenizas de los propios fracasos, como si del
reflejo de un desnivel social nunca colmado y satisfecho, se tratata.
No sé por qué pero siempre me
ha llamado poderosamente la atención el hecho de que Jesucristo, para instituir
el vértice donde pivota todo su mensaje humanista, se reuniera a cenar con sus
amigos efectuando el más sobrecogedor de los brindis que haya conocido la
Historia: ¡Para que os ameis los unos a
los otros!. No ha de sorprendernos, tampoco, que el primer milagro de quien
"anduvo en la mar", en el sentido más machadiano, consistiera en
convertir el agua en vino a petición de su madre, ¡ahí es nada¡, y que el
prodigio más sonado, cuantitativamente hablando, fuera llenar cientos de cestas
de panes y peces en una gran comida colectiva, preludio de nuestras romerías.
Y es que al hombre y a su
hermanastro el mono, desde que el mundo es mundo, se les gana con el condumio.
Tal vez sea por ello por lo que hay tantos estómagos agradecidos apuntados a la
sopa boba conformista del a-mí-que-me-dejen-en-paz, haciéndoles cortes de manga a la realidad evidente, y esperando a que se
eche a rodar la mesa y volvamos a reinventar la rueda, y con ella reinventarnos
a nosotros mismos, lo cual, dicho sea de paso, tanta falta nos va haciendo para
no acabar comiéndonos los unos a los otros.
sábado, 22 de febrero de 2014
La tostada de aceite de oliva virgen extra debería ser proclamada Patrimonio de la Humanidad.
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| José María Suárez Gallego, Asensio López y Luis del Olmo, en la Cena de los Premios Nacionales de la Cuchara de Palo |
“La tostada de aceite de oliva
virgen extra debería ser declarada Patrimonio de la Humanidad” Dicho por el periodista Luis del Olmo al
recibir el Premio Nacional Cuchara de
Palo, en Carboneros (Jaén) el 15 de febrero de 2014
(A modo de reflexión gastrosófica sobre la erótica de las tostadas de
pan con aceite de oliva virgen extra)
Las mañanas de los sábados me gusta desarmarlas con la íntima vocación quirúrgica con las que se
disecciona a sí mismo un artilugio doméstico adquirido en los almacenes de los chinos.
Leer la prensa a los sones magistrales del crujir de unas tostadas de pan henchido con aceite de
oliva virgen extra, es una de las actividades que más endorfinas producen en mis entretelas gastronómicas. El verdadero clímax
en esta sorprendente erótica del condumio se alcanza cuando estos menesteres de
la ingesta matutina se ejercen en una terraza, justo en la frontera del “solysombra”
que nos caldea el éxtasis de nuestra holganza.
La cocina es la suprema habilidad de la paciencia, capaz de transmutar la
Naturaleza en Arte –con mayúsculas—, precisamente
en una época en la que el reloj nos tiraniza sin piedad y las prisas se han
afincado en nuestras vidas como sólo saben hacerlo los parientes pejigueras.
Los avances tecnológicos que nos han llevado a creernos a pies juntillas este
mito que llamamos progreso, no siempre son sinónimos de calidad de vida. Baste
con observar que mientras se han conseguido grabar los sonidos, perpetuar las
imágenes, rescatar los sueños e inventarnos una realidad virtual, afortunadamente
aún no se ha descubierto un artefacto que nos describa la geometría de los
sabores de un simple trozo de pan de pueblo preñado con un aceite de oliva virgen
extra. Ni el más sofisticado de los aparatos puede, de momento, “vivir por
nosotros” el mundo de sensaciones que delimitan los puntos cardinales de una mesa con mantel, un
desayuno sin prisa, una tertulia animada y un mundo incorregible plasmado en
las páginas de un periódico.
Frente al último bocado de la
tostada del sábado, reflexiono sobre qué me habrá de helar el corazón
después del desayuno, si será el pan
frito o los picatostes. A fin de cuentas el secreto de la buena vida no es otro
que saber elegir entre la sugerente diversidad del tedio cotidiano. Eso que a
modo de dulce muerte nos va diluyendo en nuestras propias contradicciones.
(@suarezgallego)
viernes, 6 de diciembre de 2013
El aceite de oliva como bálsamo de alcuza
(Artículo publicado en la Revista Oleum Xauen, nº 3, diciembre 2013, por José María Suárez Gallego)
Durante la Edad Media en la España
cristiana el destino principal del aceite
de oliva no fue para ser consumido como ingrediente culinario, sino para
utilizarlo en los oficios litúrgicos, ya
fuera como santo óleo de unción o como combustible de candil. El aceite
consagrado el Jueves Santo se distribuía entre todas las parroquias, como
sucede también ahora, debiendo durar todo el año y, en caso de que se agotase,
sólo podía obtenerse más cantidad con el permiso expreso del obispo de la
diócesis. También los candiles que ardían en los altares debían ser alimentados
exclusivamente con aceite de oliva,
utilizándose así mismo desde antiguo como ingrediente de ungüentos sanadores.
Serían las órdenes religiosas, por tanto, las que
poseerían desde el Medievo la parte más significativa de los olivares en
cultivo, obteniendo con ello la mayor
producción del aceite de oliva, cultivo, elaboración y consumo que compartían en
un principio con judíos y musulmanes, y, después de la expulsión de éstos y
aquellos, lo hubieron de hacer con los conversos que se quedaron a vivir en los
reinos de España como nuevos cristianos, que en la mayoría de los casos no
renunciaron en la intimidad a sus antiguas costumbres, es decir, compartían el
aceite con lo que los cristianos viejos llamaron marranos y moriscos.
En los monasterios se distribuía cada día entre los
monjes el aceite necesario y suficiente para sazonar sus comidas, pero sin
despilfarro y sin codicia. Al respecto,
una piadosa tradición cuenta que un día escaseando tanto el aceite entre las
hermanas de su comunidad, incluso hasta para las más enfermas, Santa Clara
(1193-1253) tomó una vasija y la puso fuera de los muros del convento,
encontrándosela llena de aceite de oliva al ir a recogerla, teniéndose el hecho
por un milagro como el de la multiplicación de los panes que en el refectorio
de su comunidad también llevó a cabo la
santa de Asís y paisana de San Francisco.
Pese a todo el aceite de oliva ha tenido que padecer
verdaderas cruzadas en las que se le ha tachado de plebeyo y heterodoxo,
alimento propio de judíos y moriscos que se erigieron en sus albaceas cuando la
cultura popular cristiana dominante lo rechazó, aunque paradójicamente se utilizara
en los conventos, como ha quedado visto, y el propio San Isidoro de Sevilla
(560-636) glosará sus bondades.
A principios del
siglo XVII hay una recesión en el cultivo del olivo en España, y a ello
contribuye de forma decisiva la expulsión en 1609 de los moriscos, que tan
buenos conocedores eran de las prácticas agrícolas. Se cierra así un ciclo
iniciado en la cultura oleícola hispano romana, a la que seguiría una pérdida
de interés de los visigodos por este cultivo, cuando ante las invasiones de los
pueblos que los romanos llamaron bárbaros, el latín junto al conocimiento
heredado de la Antigüedad, la cultura culinaria y la olivicultura se habían
refugiado en los monasterios. La llegada y posterior establecimiento de los
árabes en suelo hispano hizo que aconteciera un nuevo auge del olivo, que culminaría en el reinado
de los Reyes Católico cuando se llegaron a plantar hasta cuatro millones de
estas plantas, siendo entonces cuando una emulsión de aceite en agua con
vinagre y unas migas de pan remojado, el gazpacho, acabe convirtiéndose en la
base de la dieta alimenticia de
andaluces, extremeños y manchegos.
En el capítulo XVII de la primera parte de El Quijote,
se cuenta como un cuadrillero –una autoridad de aquella época equiparable a la
guardia civil de nuestros días— ante la insolencia demente de don Quijote le
propinó a éste un golpe con un candil lleno de aceite, candilazo que lo dejó
maltrecho. Unas líneas más abajo, en el mismo capítulo, veremos como el aceite es citado formando
parte del bálsamo que habría de remediar la agresión del
cuadrillero:
“Levántate, Sancho, si puedes, y llama al
alcaide desta fortaleza, y procura que se me dé un poco de aceite, vino, sal y romero para hacer
el salutífero bálsamo;” […] -Señor,
quien quiera que seáis, hacednos merced y beneficio de darnos un poco de
romero, aceite, sal y vino, que
es menester para curar uno de los mejores caballeros andantes que hay en la
tierra,” (I, 17)
Los cuatro componentes que le solicita Sancho al
ventero para hacer el “salutísimo bálsamo”, romero, aceite, sal y vino, se
corresponden cada uno de ellos con los cuatro humores que según la teoría de
Hipócrates (460 AC-377 AC), recogida después por Galeno (130-216), y que
sobrevivió hasta el mismo siglo XVII, componían la estructura orgánica del ser
humano: la sangre, relacionada con el elemento aire y referida al
temperamento sanguíneo; la bilis negra
(atrabilis), concerniente al elemento tierra y referida al temperamento
melancólico; la bilis amarilla, en
concordancia con el fuego y referida al
temperamento colérico; y la flema,
relacionada con el agua y referida al temperamento flemático. La teoría de los
cuatro humores fue conocida por Cervantes a través del Examen de ingenio para las ciencias del médico y filósofo de origen
navarro pero afincado en Linares Juan Huarte de San Juan (1529-1588), editado en Baeza en 1575, siendo
notable la influencia de este último en la elaboración del perfil psicológico
que Cervantes hace del hidalgo don Quijote, puesta ya de manifiesto por Rafael
Salillas en su obra Un gran inspirador de
Cervantes. El doctor Juan Huarte y su Examen de Ingenios, (Madrid, 1905),
hasta tal punto que Cervantes ya en la portada de su obra nos habla de El ingenioso hidalgo don Quijote de la
Mancha, siendo definido “el ingenioso” en el Examen de ingenios por Huarte de San Juan, como alguien “temperamental”,
con algo de “ocurrente” y no lejos de “extravagante”.
Según esta
teoría, se consideraba que un individuo estaba sano cuando tenía un equilibrio
interno entre los cuatro humores y sus cualidades primarias, lo que permitía la
seguridad de sus partes físicas. Cuando este equilibrio se perturbaba se producía
una enfermedad. Un desequilibrio humoral se generaba por la intervención del propio
hombre o de su entorno y sus circunstancias, tales como la forma de vida y el
tipo de trabajo, la alimentación sólida, la bebida y la actividad sexual. Se
consideraba que el trastorno humoral podía ser en calidad o en cantidad, dando
lugar a sustancias nocivas llamadas substancias pecantes, que debían ser
eliminadas para lograr la curación. El tratamiento se basaba en el principio de
contraria contrariis, esto es, basado
en la creencia que entonces se tenía que lo contrario curaba lo opuesto. Cada
uno de los humores era caliente, frío, húmedo o seco; era por ello por lo que los
médicos de la época recetaban medicinas frías para las enfermedades calientes y
remedios secos contra las húmedas.
Al mismo tiempo
que estas medidas terapéuticas, en la época cervantina, también se usaban otros procedimientos basados
en poderes sobrenaturales. Los exorcismos se aplicaban con bastante asiduidad en
el manejo de los trastornos mentales, la epilepsia o la impotencia,
sustituyéndose en estos casos el médico por el sacerdote. Desde la Edad Media
la creencia en los poderes curativos de las reliquias era generalizada, y
entonces se rezaba a santos especiales para el alivio de padecimientos
específicos, teniendo cada mal o enfermedad un santo o santa abogada de ello,
costumbre que aún persiste en nuestra cultura tradicional.
Los médicos no
practicaban la cirugía, que estaba en manos de los cirujanos, los cuales no
asistían a las universidades, no hablaban latín y eran considerados gente burda
y de clase inferior. Muchos de ellos eran itinerantes, yendo de una ciudad a
otra operando hernias (de ahí que se les llamara también sacapotras o sanapotras,
sobre todo de forma despectiva cuando no eran muy diestros en el oficio), extraían
cálculos biliales o cataratas, lo que requería experiencia y habilidad
quirúrgica, o bien curando heridas superficiales, abriendo abscesos de pus,
componiendo fracturas y colocando huesos dislocados en su sitio. Sus
principales competidores eran los barberos, que además de rasurar barbas y cortar
el cabello vendían ungüentos, sacaban dientes, aplicaban ventosas, ponían
enemas y hacían sangrados abriendo directamente las venas (flebotomías).
También se utilizaría el aceite para darle
cuerpo al famoso bálsamo con el que nuestro caballero andante es curado de las
heridas que le produce uno de los gatos del Duque que pululaban por su
aposento, confundido fatalmente por don Quijote con un maléfico encantador
(Capítulo XLVI, parte segunda)
La formula de este famoso como caro bálsamo
del siglo XVI con el que fue curado don Quijote se debe a Aparicio de Zubia, estando
compuesto por “aceite de oliva, hipérico, romero, lombrices de tierra, trementina,
resina de enebro, incienso y almáciga en polvo”. Su alto precio debió dar lugar al dicho popular “ser tan caro como el aceite de Aparicio”. Se utilizaba como cicatrizante de úlceras y llagas, siendo sus
resultados increíbles, tanto
los terapéuticos para el enfermo, como los económicos para el inventor, que
además de tremendamente popular se hizo rico.
Su ingrediente principal era el hipérico, planta que por su riqueza en taninos se utilizaba desde la Antigüedad como un eficaz
cicatrizante, considerado como el antibiótico de la Edad Media por la gran importancia
que tuvo en la curación de las heridas de guerra. En el siglo XVI fue
denominado Hierba de las heridas y posteriormente Hierba militar.
El aceite de hipérico, componente básico del aceite de Aparicio, se elaboraba
dejando macerar 100 gr. de hojas tiernas de esta planta en un litro de aceite
de oliva durante mes y medio.
Puede sorprendernos desde los conocimientos actuales
que en la fórmula del aceite de Aparicio
aparezcan como ingredientes las lombrices de tierra. Al respecto hemos visto en
la edición en castellano que su propio autor hizo en 1626 del Libro de los Secretos de Agricultura, Casa
de Campo y Pastoril, de fray Miguel Agustín (1560-1630), prior del Temple
de la villa de Perpignan, primera edición en catalán de 1617, una curiosa
receta del aceite de lombrices que
dice así:
“El aceyte de lombrices haréis tomando media libra de lombrices
[algo menos de un cuarto de Kg.], y
lavadlas muy bien con vino blanco; después las haréis cocer con dos libras de
aceyte [casi un Kg. de aceite], y
vino tinto, hasta la consumación del vino; después lo colareis, y exprimiréis
todo, y lo reservareis para ungir, que es remedio singularissimo para confortar
los nervios frígidos, y para el dolor de la espina.” (Pág. 238)
Estos ejemplos del uso del aceite de oliva en la época cervantina, nos deben dejar patente
que ante todo debemos ver en nuestro aceite más un alimento saludable que se
esparce por nuestras ricas pipirranas, que un mero medicamento que se venda en
las boticas.
sábado, 2 de noviembre de 2013
Las gastrosofía de los diminutivos
El escritor italiano Umberto Eco, catedrático de Semiótica de la Universidad de Bolonia, y autor de la novela-icono “El nombre de la rosa” (1980), ha decidido reescribirla y hacerla “accesible a los lectores actuales”, más proclives a utilizar internet y otros soportes digitales. La semiótica, disciplina de la que es catedrático Eco, versa sobre los sistemas de comunicación, y sus signos, dentro de las sociedades humanas.
Economía de signos para comunicar gran profusión de conceptos parece ser la tendencia actual en el “lenguaje SMS” de los teléfonos móviles, o en los ciento cuarenta caracteres máximos permitidos para escribir en Twitter, ejemplos que nos retrotraen al viejo adagio gastronómico de “brevis oratio et longa manducatio”, algo así como menos palabras y más comida.
Huyamos pues de los nombres largos que nos definen y nos describen un plato, tan en boga en la cocina de la “deconstrucción” del “ferranadrianismo”, y acerquémonos a la concreción literaria de un plato al grito de “¡chominás las precisas! ahora que una vez “deconstruido lo construido” hay que “deconstruir la deconstrucción”, como con el tranvía de Jaén. Hay que devolverle a la tortilla de patatas su origen estructural, conceptual y semiótico, que es, según parece, como está más rica.
En la gastronomía de nuestros tiempos de crisis hay que huir con pavor de aquellos profesionales que cuando nos ofrecen sus viandas nos hablan con diminutivos, como si fuéramos niños “semigilipollas”. El “tomatito con su aceitito” que nos ofrecen suele costarnos luego un “pastón” (aumentativo) en la factura que nos cobran. A veces, con este cuento, se nos cobra más por las “chuletitas” que por el “chuletón”.
Si tuviera la oportunidad de tomarme una “cervecita con unas gambitas”, o un “riberita con jamoncito”, con el maestro Eco en uno de estos establecimientos nuestros, le preguntaría si su aligerada novela-icono habría que llamarla, en sintonía con la moda, “El nombre de la rosita”, aunque luego se nos cobrara más por ello, para albricias y regocijo de la maltrecha SGAE.
viernes, 1 de noviembre de 2013
Las gachas dulces de Todos los Santos
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| Gachas dulces de Todos los Santos |
...Y EL VIVO A LA HOGAZA
(Una reflexión sobre la vida y la muerte a proprósito de las gachas dulces de Todos los Santos)
Hay quien ha dicho, con cierto sentido burlón, que "la vida es una aventura de la que nadie sale vivo", asociando el hecho de irse al "otro barrio" con la única circunstancia vital que no tiene remedio: Morirse.
Tal vez sea por ello por lo que, sabiendo de antemano el desdichado final de tal aventura, tratemos de dilatarla en el tiempo todo lo que sea menester y hacerla lo más llevadera posible, pues por mucho valle de lágrimas que aquí tengamos son muy pocos los que quieren irse; que de todos es sabido que "como la casa de uno no hay ná".
Decía Paco "El Roso" --así apodado por llamarse Rosa su madre--, viejo filósofo del terruño, hombre sabio de esos que saben predecir el tiempo por las cabañuelas y cubicar desde lejos la cosecha de aceitunas por el color del olivar, decía --repito--, de forma tajante y definitiva, que “de esta vida sacarás panza llena y poco más”; y había veces que el adagio lo picardeaba aseverando que “de esta vida sacarás lo que metas y nada más”. Y debe llevar razón cuando, curiosamente, el primer refrán de alto calado relacionado con las cosas del comer que sentencia Sancho Panza en El Quijote (I, 19), en una aventura que recuerda el traslado de los restos de San Juan de la Cruz desde Úbeda a Segovia, es aquel que en boca del buen escudero suena así:"...y, como dicen, váyase el muerto a la sepultura y el vivo a la hogaza".
Llegando el primer día del mes de noviembre, es tradicional que nos acordemos de todos los que se nos fueron para siempre, pero sin perder de vista la hogaza. En prácticamente todas las villas y ciudades del Reino de Jaén han existido las antiguas Hermandades de las Ánimas, cuyo cometido no era otro que recaudar fondos para sufragar las misas y los rezos que hicieran posible que las almas en pena encontraran la paz eterna definitiva. La noche de tránsito desde el día de Todos los Santos (1 de noviembre) hasta el siguiente, el de Todos los Difuntos, es el tiempo propicio para que los vivos se enteren del posible descontento de sus muertos, pues no es menos cierto que muchas de las hogazas que se comen algunos vivos se han amasado con los sudores de muchos de sus difuntos, y a veces hasta contra el deseo y las preferencias que en vida tenía el propio finado, que no hubiera visto con buenos ojos, de tenerlos abiertos, como algunos holgazanes y tragapanes hacían sopas con su harina y los sudores que les costó ganarla. Plantearse eso de noche, mediado el otoño, cuando las mariposas de luz --ancestrales luminarias-- nadan en el tazón sobre el aceite dibujando tenebrosas sombras, siempre suscita algún que otro remordimiento, cuando no mucho canguelo, pues si bien es cierto que nadie ha vuelto del otro sitio, cualquier día puede ser el primero, como bien decía la tía Jesusona, como purga de su alma y general susto de los niños que la oíamos.
En Baños de la Encina --y en Guarromán también por efecto de la proximidad geográfica-- es tradicional que para esas fechas los hombres abandonen el pueblo pasando la Noche de los Santos en el campo, junto a un fuego, en un chozo de la sierra o en alguna pequeña cortijada.
Según me contaron durante una noche que también "fui de Santos", tal circunstancia es debida a que antaño esos días las campanas de la iglesia no dejaban de "tocar a muerto", lo que creaba el normal desasosiego y la consabida congoja de ánimo, contra los cuales “no hay mejor remedio que empinarse un medio" (medida tabernaria para el medio litro de vino que se expendía en las clásicas botellas de anis labradas) lejos de tan lúgubre sonido, y acompañándolo de alguna que otra engañifa de cerdo. Mientras tantos las mujeres acudían a las misas pertinentes, preparaban gachas dulces de harina con tostones de pan, acompañadas de miel, o leche caliente, según el gusto del lugar. Los niños, como broma, les echaban trozos de corcho que los más viejos confundían con el pan frito, poniéndoles a prueba sus maltrechas dentaduras; y con la masa sobrante tapaban los ojos de las cerraduras de todas las puertas y candados de la casa, para que ninguna alma en pena, errabunda en la eternidad de los tiempos, pudiera entrar en ella durante una noche tan señalada, en la que los escalofríos nunca se sabe sin son debidos a los fríos del otoño, o al susto que nos da hablar del embarcadero de “la nave que nunca ha de tornar”, que diría el desnudo hijo de la mar, mi admirado don Antonio Machado.
RECETA DE LAS GACHAS
Ingredientes: Medio kilo de harina de trigo, medio litro de aceite de oliva virgen extra de la variedad picual, una cucharadita de granos de matalahúva, un cuarto de kilo de azúcar, 2 litros de agua templada aproximadamente, y miel o leche caliente para acompañarlas.
Preparación: Se vierte el medio litro de aceite en una sartén de cuenco hondo. Se pone ésta al fuego y se deja calentar hasta “desahumarlo”, friendo en él unos cuarenta trocitos de pan duro (dados de un centímetro y medio de lado) para hacer los tostones.
Cuando veamos que están dorados se sacan de la sartén y se ponen a escurrir sobre un papel absorbente para que no queden grasientos.
El aceite en el que hemos frito los tostones lo pasamos por un colador y limpiamos la sartén para que no queden migas de pan frito. Vertemos en ella siete cucharadas soperas del aceite que hemos colado junto a una cucharadita de granos de matalahúva y el medio kilo de harina, la cual freímos, sin que llegue a tostarse, para que pierda el sabor a cruda.
A continuación echamos un litro de agua caliente (se puede sustituir por leche pero entonces las gachas nos saldrían menos compactas, como si fueran una bechamel) poco a poco para que la vaya absorbiendo la masa de harina mientras vamos moviendo con la rasera, procurando que no se hagan grumos. Sabremos que ya están listas cuando forman un cuerpo pastoso y uniforme.
Entonces agregamos los tostones, la miel o la leche caliente azucarada, según se quiera.
Lo tradicional es comerlas en la misma sartén por el rito de "cuchará y paso atrás".
(Cocina Jiennense. Coleccionable del Diario Jaén. Tomo I. 1996)
José María Suárez Gallego ©
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